Domingo III de Adviento. Ciclo C (17-XII-2006)

(Sof 3,14-17) "El Señor está en medio de ti"

(Fil 4,4-7) "Gozaos siempre en el Señor"

(Lc 3,10-18) "Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego"

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia de Jesús Buen Pastor

---Adviento, camino que nos lleva a Dios

---Purificación del alma

---Las obras de Dios

---Adviento, camino que nos lleva a Dios

Hoy es tercer domingo de Adviento.

El Adviento no sólo revela la venida de Dios a nosotros, sino también indica el camino que nos lleva a Dios. De este camino precisamente nos habla la liturgia de hoy.

Éste es, ante todo, el camino del comportamiento según la conciencia.

Lo enseña Juan en la región del Jordán. Responde a las preguntas de los soldados, de los publicanos y de todas las multitudes de los hombres: “¿Qué debemos hacer?” (Lc 3,10).

Comportaos de manera justa. Cumplid concienzudamente vuestros deberes. Sabed dar de lo vuestro a los otros. Compartid lo que tenéis con los necesitados.

El camino hacia Dios es, sobre todo, camino de la conciencia y de la moral. Por este camino los mandamientos llevan al hombre.

Los que se convierten a este camino en las riberas del Jordán reciben el bautismo de penitencia.

Juan confiere este bautismo y, a la vez, anuncia la venida de Cristo que “bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Lc 3,16).

---Purificación del alma

El camino hacia Dios consiste no sólo en la observancia de los mandamientos, sino en una profunda purificación del alma de la adhesión al pecado, a la concupiscencia y a las pasiones.

Juan se sirve aquí de una imagen muy expresiva. Como el bieldo separa el trigo de la paja, así la gracia de Dios, actuando en el alma humana, la purifica de las inclinaciones malas, para que se convierta en espiga de trigo puro. Esta purificación a veces le cuesta al hombre; está unida con el dolor y el sufrimiento, pero es indispensable, dado que el alma debe conservar en sí lo que es noble, honesto y puro. La paja debe quemarse a fin de que quede el buen grano para hacer el pan.

Así enseña Juan en las orillas del Jordán.

Por otra parte, el Profeta Sofonías anima al hombre que tiene miedo de la potencia purificadora de Dios y de su gracia.

Habla en metáfora, dirigiéndose a Jerusalén: “No temas, Sión,/ no desfallezcan tus manos./ El Señor, tu Dios, en medio de ti/ es un guerrero que salva” (Sof 3,16-17).

El deseo de la salvación, o sea, de la vida en la gracia de Dios, debe superar el miedo con el que el hombre se defiende de la fuerza purificadora de Dios.

A medida que va cediendo el mal enraizado en el alma, y disminuyen las afecciones pecaminosas, Dios se acerca, y, juntamente con Él vienen al alma la alegría y la paz.

De esta alegría habla San Pablo en la Carta a los Filipenses: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres... El Señor está cerca” (Fil 4,4-5).

Cuando el alma se aleja del pecado, de las pasiones y de los vicios, Dios se acerca, y ella vive su Adviento, su venida, su presencia, su cercanía.

Esta cercanía se manifiesta en la oración: el hombre “expone” a Dios todas sus súplicas con confianza y permanece en “acción de gracias”.

La purificación del alma trae consigo también “la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio” (Fil 4,7).

Así es el camino hacia Dios y hacia la alegría y la paz interior, que el pecado y la concupiscencia no saben dar al hombre.

En este estado, el corazón humano canta con el Profeta Isaías: “El Señor es mi Dios y salvador;/ confiaré y no temeré,/ porque mi fuerza y mi poder es el Señor,/ Él fue mi salvación” (Is 12,2).

Estas palabras reflejan el estado del alma que vive en gracia de Dios.

---Las obras de Dios

Sin embargo, el camino hacia Dios no se agota en la sola alegría interior. El hombre desea acercarle también a los otros. Quiere que también ellos saquen agua “de las fuentes de la salvación” (Is 12,3). Se convierte, pues, en mensajero y apóstol del amor de Dios: “Dad gracias al Señor, invocad su nombre,/ contad a los pueblos sus hazañas./ Proclamad que su nombre es sublime” (Is 12,4).

El hombre, obediente a la gracia de Dios, descubre el mundo de las obras de Dios, que están ocultas a los ojos del pecador: “Tañed para el Señor,/ que hizo proezas,/ anunciadlas a toda la tierra” (Is 12,5).

El hombre, guiado por la gracia divina, desea también compartir con los otros la cercanía de Dios que él experimenta: “Gritad jubilosos, habitantes de Sión:/ Qué grande en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12,6).

(...) pues bien, quiero deciros, en nombre de Cristo: “No temas pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (Lc 12,32). Tened conciencia humilde y valiente de lo que os ha donado el Padre. Que esa conciencia sea vuestra fuerza, vuestra luz y vuestra esperanza. Dad al mundo lo que el padre os ha dado: el reino de Dios.